
Durante mucho tiempo se leyó antes de verse, en García Márquez. Hoy se va. Cartagena y sus murallas ocres, sus balcones de buganvillas, su calor de horno. Bogotá a dos mil seiscientos metros, donde el ajiaco se toma hirviendo por necesidad. Y el eje cafetero, las palmas de cera del Cocora, las fincas donde aún se recoge a mano. El vallenato no se escucha bajito.
