
Es el país que menos se visita porque se cree haberlo visto. Bastan trescientos kilómetros para cambiar de lengua de mesa: mantequilla y luego aceite, sidra y luego syrah, andouille y luego anchoïade. La Bretaña granítica no debe nada a la creta de Champaña, ni las calanques a los valles vosgos. Chartres, Lascaux, la Camarga, el Mont-Saint-Michel. Y se sigue diciendo «la provincia».
